miércoles, 18 de mayo de 2016

DELIBES, M., El príncipe destronado

 Cuestiones a desarrollar:

  • ¿Cuál es el punto de vista narrativo desde el cual empiezan a contarse los hechos de la novela? ¿Cuál es «la guerra de Papá»? ¿Cuáles son los dos temas centrales de la obra? 
  • En el segundo capítulo, Vítora  dice: «Cinco de cada ciento van al África y le va a tocar a él». ¿A qué alude esta intervención?
  • El tema de la educación es tratado de diferentes maneras a lo largo de la novela, ¿cómo?
  • ¿Qué es esa «Otra Casa de Papá»? 
  • ¿Por qué especifica Pablo que el cura Llanes es de los jóvenes? ¿Qué relación hay entre su juventud y sus ideas políticas? 
  • ¿Qué significación tiene en el marco de la obra la última escena de la novela?
  • Opinión personal de la lectura.

lunes, 29 de febrero de 2016

LECTURAS PROHIBIDAS

FONTANA 01/03/2009 . El Pais.

Agradezco mucho a Manuel Rivas que me haya descubierto una guía de libros prohibidos, la del Opus, que desconocía. Debo admitir que, tras haber fracasado en el intento de leer Camino, no suelo frecuentar la literatura de la secta. Pero esto de un índice de lecturas condenadas es algo muy distinto y lo buscaré con interés, porque estoy seguro de que voy a descubrir en él muchos libros que merece la pena leer.
Los franquistas prohibían a Salgari en Barcelona pero no en Valladolid
Me gustan los libros prohibidos, que son los que expresan las ideas del futuro que no acepta todavía el orden establecido, pero que ayudarán a construir el mundo de mañana. Como sucedió, por ejemplo, con l'Encyclopédie de Diderot, que, pese a las condenas y prohibiciones de que fue objeto, consiguió extender su influencia por toda Europa y ayudó a cambiar el mundo. Por lo menos en lo que se refiere a la parte más o menos racional de la especie humana, en la que no figuran, evidentemente, los redactores de índices de libros prohibidos.
Confieso que he aprendido mucho del Index librorum prohibitorum del Vaticano en su edición de 1948, que se mantuvo en vigor hasta 1966. Allí se prohíbe la lectura, bajo pena de excomunión, de Erasmo, Montaigne, Diderot, Hume, Balzac, Sartre, Spinoza, Tom Paine y de la mayor parte de los libros que importa haber leído. Se puede recomendar, por ello, a los jóvenes para que lo utilicen como un manual de las lecturas necesarias.
De un estilo semejante eran las listas de libros destinados a la quema por el nazismo o las que estableció Roy Cohn, el equívoco abogado colaborador de McCarthy -judío y antisemita a la vez- que inspeccionó las bibliotecas públicas de las Casas de América en Europa y dijo haber descubierto en ellas 30.000 libros procomunistas que había que retirar, incluyendo obras de Hemingway, Arthur Miller o Mark Twain (en especial aquel nefando cuento rojo que es El hombre que corrompió a una ciudad), con la desafortunada consecuencia de que algunas de las obras que hizo depurar, como La montaña mágica, La teoría de la relatividad o las de Freud eran las mismas que los nazis habían quemado unos años antes.
Pocos libros me han enseñado tanto acerca de la literatura universal como las Lecturas buenas y malas del padre Garmendi de Otaola, S.I. Allí se aprende que La Regenta "rebosa porquerías, vulgaridades y cinismo", o que Tolstói "es un incrédulo, racionalista, anarquista, nihilista, que declara guerra al cristianismo, porque éste enseña el amor a la patria", lo cual, como se ve, es un certero análisis de Guerra y paz.
Otro tanto diría de las listas de libros prohibidos de la España franquista, donde el entusiasmo por quemar y destruir libros llegó al extremo: en los primeros días del "alzamiento" el Abc de Sevilla publicaba una noticia que decía: "Los falangistas, al día siguiente de iniciarse el Alzamiento, recogieron en kioskos y librerías centenares de ejemplares, que fueron quemados como merecían". La incoherencia y la estupidez, propias de los censores de todos los tiempos y creencias, resultarían evidentes cuando se hicieran las listas oficiales, destinadas a depurar las bibliotecas públicas, con indicaciones tan extraordinarias como una que determinaba la obligación de eliminar del todo "la mal llamada literatura rusa", fuese roja o blanca.
En la primera revisión de bibliotecas que conozco, que es la de Valladolid en 1937, se prohíbe la mayor parte de Azorín, todo Baroja, Blasco Ibáñez, las poesías de Espronceda, Goethe, Kant, la Carmen de Merimée, la mayor parte de Gabriel Miró, Pardo Bazán, Pérez Galdós incluyendo algunos Episodios nacionales, La Celestina, las fábulas de Lafontaine, El Libro de Buen Amor, Valera, Valle-Inclán, etcétera. En las primeras listas de libros prohibidos en Barcelona, que le pasaron a mi padre en 1939 para que expurgase su librería -que, entretanto, hubo de permanecer cerrada durante meses-, figuraban Gandhi, Gogol, Maeterlinck, los hermanos Heinrich y Thomas Mann, Pascal (!), Rabelais, William Blake, Darwin (¡faltaría!) y, sorprendentemente, las novelas de Emilio Salgari, que eran toleradas en Valladolid pero estaban prohibidas en Barcelona.
Me gustan también otro tipo de guías que os informan de libros que no han sido prohibidos por la autoridad, sino relegados al olvido por el consentimiento general de la sociedad biempensante. Hay uno, realmente fascinante, que nos lleva por el mundo de lo que Raymond Queneau llamaba los "locos literarios". El diccionario de "locos literarios" de André Blavier, publicado en una colección que tiene un nombre tan prometedor como Le rappel au désordre, es un libro extraordinario. Los autores aparecen clasificados en él por actividades y materias. Hay los profetas, visionarios y mesías; los que se dedican a la cuadratura del círculo; los perseguidos y los perseguidores; los inventores, filántropos, sociólogos, etcétera. Toda clase de personajes singulares que exponen ideas fascinantes. Los profetas, por ejemplo, son impagables. Hay uno que asegura que Dios no es un puro espíritu, sino que vive arriba en los cielos, dotado de un cuerpo material, y que bebe, come y duerme igual que hacen los hombres. Y debía saber de qué hablaba, porque nos dice que él tenía contacto frecuente con el propio Dios. Hay otro que nos dice que "el reino de Dios es el reino de las cárceles" y que "antes del fin del mundo más de la mitad de la humanidad estará encerrada en cárceles". Una profecía que, si tenemos en cuenta que incluye en la categoría de cárceles los conventos, las escuelas, los seminarios, los cuarteles o las sectas, tal vez no sea tan loca como parece a primera vista.
En todo caso, una de las virtudes que tiene la lectura de este panorama de los locos literarios es la de convencernos de que las fronteras entre la normalidad y la locura son muy difusas y que tal vez sea razonable el consejo que se nos da en un grabado del siglo XVIII que figura al fin del libro: "El mundo está lleno de locos, y quien no quiera ver ninguno, que se quede en casa y rompa el espejo".
Tengo otras guías de este estilo, como The Chatto Book of Dissent, de Rosen y Widgery; Don't do it. A Dictionary of the Forbidden, de Philio Thody, junto a otras de carácter más informativo, como la Enciclopedia de la utopía, de los viajes extraordinarios y de la ciencia-ficción de Pierre Versins o el entrañable Dictionnaire rationaliste, entre cuyos autores figuran personajes como Langevin, Lévy-Bruhl o Jacques Proust.
Pero ninguno de ellos tiene la utilidad y el encanto de los índices de libros prohibidos, donde la estupidez de los censores resulta una guía segura para el hallazgo de la excelencia, que parecen oler igual que los cerdos descubren las trufas bajo tierra. ¡Benditos sean los censores que nos han descubierto tantos libros que merecía la pena leer! Y, de paso, gracias por haberme condenado. Son ya muchos los amigos que me han felicitado por esta distinción.
Josep Fontana es catedrático de Historia y director del Instituto Universitario de Historia Jaume Vicens i Vives de la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona.

------------------------------- Una muestra.
Index Librorum Prohibitorum
Historia de la decadencia y caída del Imperio Romano ( E. Gibbon)
A
Pedro Abelardo
Jean Le Rond d'Alembert
Vittorio Alfieri
Gabriele D'Annunzio
Wenceslao Ayguals de Izco
B
Francis Bacon
Honoré de Balzac
Pierre Bayle
Cesare Beccaria
Jeremy Bentham
Henri Bergson
Teodoro de Beza
Bernard Bolzano
Bernard le Bovier de Fontenelle
Robert Boyle
Otto Brunfels
Giordano Bruno
Odón de Buen
Pierre-Jean de Béranger
C
Juan Calvino
Giacomo Casanova
Emilio Castelar y Ripoll
Nicolás Copérnico
Auguste Comte
Étienne Bonnot de Condillac
Nicolas de Condorcet
Cornelia Bororquia
Benedetto Croce
D
Decamerón
Daniel Defoe
René Descartes
Denis Diderot
Paul Henri Thiry d'Holbach
Alexandre Dumas (hijo)
Alexandre Dumas (padre)
E
L'Encyclopédie
Erasmo de Rotterdam
Juan Escoto Erígena
F
Gustave Flaubert
Antonio Fogazzaro
Jean de La Fontaine
Ugo Foscolo
Charles Fourier
Anatole France
G
Galileo Galilei
Conrad von Gesner
Edward Gibbon
André Gide
Arturo Graf
Hugo Grocio
H
Heinrich Heine
Alejandro Herculano
Thomas Hobbes
Jaime de Huete
Victor Hugo
David Hume
I
Juan Antonio Llorente
J
Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra
Cornelio Jansenio
Juan Huarte de San Juan
K
Immanuel Kant
Nikos Kazantzakis
Johannes Kepler
L
Lactancio
Manuel Lacunza
Joseph Lalande
Alphonse de Lamartine
Félicité Robert de Lamennais
Enciclopedia Larousse
Lazarillo de Tormes
Giacomo Leopardi
Philipp van Limborch
M
Maurice Maeterlinck
Curzio Malaparte
Nicolas Malebranche
Juan de Mariana
Francisco Martínez Marina
Charles Maurras
(cont.)
Jules Michelet
John Stuart Mill
John Milton
Honoré Gabriel Riqueti
Juan Montalvo
Montesquieu
Alberto Moravia
N
Juan Eusebio Nieremberg
O
Andreas Osiander
P
Blaise Pascal
Constantino Ponce de la Fuente
Pierre-Joseph Proudhon
R
François Rabelais
Casiodoro de Reina
Ernest Renan
Samuel Richardson
Pedro Rodríguez de Campomanes
Jean-Jacques Rousseau
S
Francisco Sa de Miranda
George Sand
Julián Sanz del Río
Girolamo Savonarola
Juan Sempere y Guarinos
Miguel Servet
Jean Charles Leonard de Sismondi
Baruch Spinoza
Madame de Staël
Stendhal
Laurence Sterne
Eugène Sue
Emanuel Swedenborg
T
Bartolomé Torres Naharro
Ceferino Tresserra
U
Rafael Uribe Uribe
V
Dolores Veintimilla
Pietro Verri
Voltaire
Z
Émile Zola
V
Theodoor Hendrik van de Velde

lunes, 8 de febrero de 2016

Cortometraje francés muestra un mundo donde los hombres son mujeres

viernes, 15 de enero de 2016

BIOGRAFÍA AUTORES G.98

Datos biográficos relevantes:

ANTONIO MACHADO:

Etapas de su poesía.
Relación y trabajo con su hermano Manuel.
Leonor.
Los símbolos en su poesía.
Ideología y compromiso político.

MIGUEL DE UNAMUNO:

Formación académica y trayectoria laboral.
Idea de Dios. Crisis de fe.
Sus Nivolas (Novela + Niebla).
Ideología y compromiso político.

RAMÓN Mª DEL VALLE INCLÁN

Etapas literarias.
La bohemia.
El esperpento.

jueves, 14 de enero de 2016

LA RIQUEZA DE NUESTRO IDIOMA




martes, 24 de noviembre de 2015

TRABAJO DE LECTURA: DRÁCULA

Desarrolla las siguientes cuestiones:

EL AUTOR Y SU ÉPOCA

ATRIBUTOS, VALORES Y FUNCIONES DE LOS SIGUIENTES PERSONAJES:

Conde Drácula
Jonathan Harker
Mina
Lucy
Arthur
Doctor Seward
Profesor Van Helsing

REFLEXIONA SOBRE CÓMO APARECEN EN LA OBRA LOS SIGUIENTES TEMAS:

Amistad
Amor
Miedo
Valentía
Trabajo en equipo
Los viajes
Sabiduría

OPINIÓN PERSONAL DE LA LECTURA.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Tipos de NARRADORES en el Realismo. Ejemplo: LA REGENTA

«Con Octubre muere en Vetusta el buen tiempo. Al mediar Noviembre suele lucir el sol una semana, pero como si fuera ya otro sol, que tiene prisa y hace sus visitas de despedida preocupado con los preparativos del viaje del invierno. Puede decirse que es una ironía de buen tiempo lo que se llama el veranillo de San Martín. Los vetustenses no se fían de aquellos halagos de luz y calor y se abrigan y buscan su manera peculiar de pasar la vida a nado durante la estación odiosa que se prolonga hasta fines de Abril próximamente. Son anfibios que se preparan a vivir debajo de agua la temporada que su destino les condena a este elemento. Unos protestan todos los años haciéndose de nuevas y diciendo: «¡Pero ve usted qué tiempo!» Otros, más filósofos, se consuelan pensando que a las muchas lluvias se debe la fertilidad y hermosura del suelo. «O el cielo o el suelo, todo no puede ser».
Ana Ozores no era de los que se resignaban. Todos los años, al oír las campanas doblar tristemente el día de los Santos, por la tarde, sentía una angustia nerviosa que encontraba pábulo en los objetos exteriores, y sobre todo en la perspectiva ideal de un invierno, de otro invierno húmedo, monótono, interminable, que empezaba con el clamor de aquellos bronces.

Aquel año la tristeza había aparecido a la hora de siempre.

Estaba Ana sola en el comedor. Sobre la mesa quedaban la cafetera de estaño, la taza y la copa en que había tomado café y anís don Víctor, que ya estaba en el Casino jugando al ajedrez. Sobre el platillo de la taza yacía medio puro apagado, cuya ceniza formaba repugnante amasijo impregnado del café frío derramado. Todo esto miraba la Regenta con pena, como si fuesen ruinas de un mundo. La insignificancia de aquellos objetos que contemplaba le partía el alma; se le figuraba que eran símbolo del universo, que era así, ceniza, frialdad, un cigarro abandonado a la mitad por el hastío del fumador. Además, pensaba en el marido incapaz de fumar un puro entero y de querer por entero a una mujer. Ella era también como aquel cigarro, una cosa que no había servido para uno y que ya no podía servir para otro.

Todas estas locuras las pensaba, sin querer, con mucha formalidad. Las campanas comenzaron a sonar con la terrible promesa de no callarse en toda la tarde ni en toda la noche. Ana se estremeció. Aquellos martillazos estaban destinados a ella; aquella maldad impune, irresponsable, mecánica del bronce repercutiendo con tenacidad irritante, sin por qué ni para qué, sólo por la razón universal de molestar, creíala descargada sobre su cabeza. No eran fúnebres lamentos, las campanadas como decía Trifón Cármenes en aquellos versos del Lábaro del día, que la doncella acababa de poner sobre el regazo de su ama; no eran fúnebres lamentos, no hablaban de los muertos, sino de la tristeza de los vivos, del letargo de todo; ¡tan, tan, tan! ¡cuántos! ¡cuántos! ¡y los que faltaban! ¿qué contaban aquellos tañidos? tal vez las gotas de lluvia que iban a caer en aquel otro invierno.

La Regenta quiso distraerse, olvidar el ruido inexorable, y miró El Lábaro. Venía con orla de luto. El primer fondo, que, sin saber lo que hacía, comenzó a leer, hablaba de la brevedad de la existencia y de los acendrados sentimientos católicos de la redacción. «¿Qué eran los placeres de este mundo? ¿Qué la gloria, la riqueza, el amor?» En opinión del articulista, nada; palabras, palabras, palabras, como había dicho Shakespeare. Sólo la virtud era cosa sólida. En este mundo no había que buscar la felicidad, la tierra no era el centro de las almas decididamente. Por todo lo cual lo más acertado era morirse; y así, el redactor, que había comenzado lamentando lo solos que se quedaban los muertos, concluía por envidiar su buena suerte. Ellos ya sabían lo que había más allá, ya habían resuelto el gran problema de Hamlet: to be or not to be. ¿Qué era el más allá? Misterio. De todos modos el articulista deseaba a los difuntos el descanso y la gloria eterna. Y firmaba: «Trifón Cármenes». Todas aquellas necedades ensartadas en lugares comunes; aquella retórica fiambre, sin pizca de sinceridad, aumentó la tristeza de la Regenta; esto era peor que las campanas, más mecánico, más fatal; era la fatalidad de la estupidez; y también ¡qué triste era ver ideas grandes, tal vez ciertas, y frases, en su original sublimes, allí manoseadas, pisoteadas y por milagros de la necedad convertidas en materia liviana, en lodo de vulgaridad y manchadas por las inmundicias de los tontos!... «¡Aquello era también un símbolo del mundo; las cosas grandes, las ideas puras y bellas, andaban confundidas con la prosa y la falsedad y la maldad, y no había modo de separarlas!» Después Cármenes se presentaba en el cementerio y cantaba una elegía de tres columnas, en tercetos entreverados de silva. Ana veía los renglones desiguales como si estuvieran en chino; sin saber por qué, no podía leer; no entendía nada; aunque la inercia la obligaba a pasar por allí los ojos, la atención retrocedía, y tres veces leyó los cinco primeros versos, sin saber lo que querían decir... Y de repente recordó que ella también había escrito versos, y pensó que podían ser muy malos también. «¿Si habría sido ella una Trifona? Probablemente; ¡y qué desconsolador era tener que echar sobre sí misma el desdén que mereciera todo! ¡Y con qué entusiasmo había escrito muchas de aquellas poesías religiosas, místicas, que ahora le aparecían amaneradas, rapsodias serviles de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz! Y lo peor no era que los versos fueran malos, insignificantes, vulgares, vacíos... ¿y los sentimientos que los habían inspirado? ¿Aquella piedad lírica? ¿Había valido algo? No mucho cuando ahora, a pesar de los esfuerzos que hacía por volver a sentir una reacción de religiosidad... ¿Si en el fondo no sería ella más que una literata vergonzante, a pesar de no escribir ya versos ni prosa? ¡Sí, sí, le había quedado el espíritu falso, torcido de la poetisa, que por algo el buen sentido vulgar desprecia!».

Como otras veces, Ana fue tan lejos en este vejamen de sí misma, que la exageración la obligó a retroceder y no paró hasta echar la culpa de todos sus males a Vetusta, a sus tías, a D.Víctor, a Frígilis; y concluyó por tenerse aquella lástima tierna y profunda que la hacía tan indulgente a ratos para con los propios defectos y culpas.

Se asomó al balcón. Por la plaza pasaba todo el vecindario de la Encimada camino del cementerio, que estaba hacia el Oeste, más allá del Espolón sobre un cerro. Llevaban los vetustenses los trajes de cristianar; criadas, nodrizas, soldados y enjambres de chiquillos eran la mayoría de los transeúntes; hablaban a gritos, gesticulaban alegres; de fijo no pensaban en los muertos. Niños y mujeres del pueblo pasaban también, cargados de coronas fúnebres baratas, de cirios flacos y otros adornos de sepultura. De vez en cuando un lacayo de librea, un mozo de cordel atravesaban la plaza abrumados por el peso de colosal corona de siemprevivas, de blandones como columnas, y catafalcos portátiles. Era el luto oficial de los ricos que sin ánimo o tiempo para visitar a sus muertos les mandaban aquella especie de besa-la-mano. Las personas decentes no llegaban al cementerio; las señoritas emperifolladas no tenían valor para entrar allí y se quedaban en el Espolón paseando, luciendo los trapos y dejándose ver, como los demás días del año. Tampoco se acordaban de los difuntos; pero lo disimulaban; los trajes eran obscuros, las conversaciones menos estrepitosas que de costumbre, el gesto algo más compuesto... Se paseaba en el Espolón como se está en una visita de duelo en los momentos en que no está delante ningún pariente cercano del difunto. Reinaba una especie de discreta alegría contenida. Si en algo se pensaba alusivo a la solemnidad del día era en la ventaja positiva de no contarse entre los muertos. Al más filósofo vetustense se le ocurría que no somos nada, que muchos de sus conciudadanos que se paseaban tan tranquilos, estarían el año que viene con los otros; cualquiera menos él.

Ana aquella tarde aborrecía más que otros días a los vetustenses; aquellas costumbres tradicionales, respetadas sin conciencia de lo que se hacía, sin fe ni entusiasmo, repetidas con mecánica igualdad como el rítmico volver de las frases o los gestos de un loco; aquella tristeza ambiente que no tenía grandeza, que no se refería a la suerte incierta de los muertos, sino al aburrimiento seguro de los vivos, se le ponían a la Regenta sobre el corazón, y hasta creía sentir la atmósfera cargada de hastío, de un hastío sin remedio, eterno. Si ella contara lo que sentía a cualquier vetustense, la llamaría romántica; a su marido no había que mentarle semejantes penas: en seguida se alborotaba y hablaba de régimen, y de programa y de cambiar de vida. Todo menos apiadarse de los nervios o lo que fuera».

(ALAS CLARÍN, L., La Regenta, XVI, 1-9)               



PARA EL COMENTARIO DE TEXTO:

Tres fases integran el estudio de un texto literario: información, interpretación, valoración.
1) Información sobre el texto. Esta fase receptiva abarca tres operaciones:
a) fijar la autenticidad del texto;
b) obtener completo entendimiento de lo que dice;
c) determinar su participación en el todo de la obra a la que pertenece.
2) Interpretación del texto. Comprende esta fase perceptiva cuatro aspectos: captar la actitud y el tema (contenido) en la estructura y lenguaje (expresión).
3) Valoración del texto. Esta fase incluye tres momentos:
a) descubrir la esencia simbólica del texto;
b) reconocer su sentido histórico-social;
c) apreciar el valor poético del texto como realización de un artista en un género.

Argumento del texto: En la tarde de Todos los Santos, sola en el comedor de su casa, Ana Ozores, angustiada por el tañido de las campanas y entristecida por la visión de algunos objetos presentes (cafetera, taza, copa, cigarro apagado, periódico) se asoma al balcón, contempla a los vetustenses repetir un año más las costumbres funerarias de siempre, y siente recrudecido su aborrecimiento hacia ellos.
El fragmento  se localiza en un lugar (comedor, balcón), fechado en un tiempo (tarde del primero de noviembre) y actuado por unos agonistas (Ana y los vetustenses).
El tema es la discordancia entre el alma solitaria de una mujer y el mundo ciudadano en que habita. Ana rechaza los convencionalismos sociales de sus vecinos. También podemos observar el rechazo del autor a los mismos por boca del propio narrador.
La intención del texto es la crítica a la burguesía de Vetusta.

Algún ejemplo de Narrador. LEYENDA:

Narrador 3ª persona omnisciente.
Narrador 3º persona objetivo.
Narrador estilo indirecto libre.
Narrador filosófico.
Narrador 3ª persona que incluye el juicio del propio autor.